JMiur [E]

Al 100 le sigue el 101 y luego el 102 y así sucesivamente, pero, alguna vez existió el 1. El miércoles 30 de agosto, dos meses atrás, me planteaba este INTERROGANTE:

Sé cómo llegue hasta aquí pero no tengo mucha idea de por qué llegué hasta aquí. ¿Estará de moda?, ¿será esnobismo? ... ¿cómo no tenés un Blog?, si hasta Homero Simpson decidió armarse una página.

Había estado entrando y saliendo de la página inicial de Blogger durante dos o tres meses. Ya me conocía cada frase, cada tutorial, cada propaganda. Había visto otros blogs, había pensado, había dudado, tenía miedo. Miedo a lo desconocido, miedo al papelón, al ridículo, miedo a no saber cómo, miedo a la vergüenza.

Leí mil consejos: hay que escribir todos los días, hay que escribir poco, hay que dejar mensajes en otros blogs, un día me cansé, hice click en aceptar y aquí estoy. ¡Dios, parece que hubieran pasado mil años!

Ahora, empiezo a entender qué es un blog: es esto; un lugar en donde hago lo que quiero (siempre), cuando quiero (o me dejan) y como quiero (o como quiere Blogger). No hay muchos lugares así ¿Hay algún otro lugar así? ¿Hay algún otro espacio que sea privado y que a la vez sea público? ¿Hay algún lugar en el cual uno pueda decir algo y otro, un desconocido, a cientos de kilómetros, uno entre los miles de millones de seres humanos, escuche?

Garrapateo y oculto papeles desde los 16 años, sólo para mi, por puro placer. Egoísmo y timidez. Mucho después, hace unos 20 años, las computadoras me absorbieron el cerebro. Por fin había encontrado una herramienta que me permitía experimentar en mil direcciones a la vez, hacer y corregir, jugar y pensar. El blog llegó para mezclar ambas cosas, para ser una conjunción de aficiones ¿qué más puedo pedir? Soy humano, siempre pido más.

Allá a lo lejos, en agosto, afirmaba esto: ¿acaso importa si alguien escucha? Aún lo sigo pensando, es más, no podría seguir adelante si no pensara de ese modo, me aburriría, se transformaría en un trabajo, en una obligación. Sin embargo, si existe el placer sobre el placer, más allá de una figura poética, tal vez podría llegar a explicar lo que siento.

Hago lo que se me ocurre y encima pasa gente, saluda, se ríe, halaga, alienta, agradece, comparte, participa de esta conversación infinita; sin esperar nada a cambio, sin lucro, sólo porque encontraron la puerta abierta, vieron luz, entraron y ocuparon un lugar en la ronda. No vuelven porque no se van, dejan su huella y me hacen feliz.

¿Demasiado sentimental? Tal vez, pero los centenarios son para eso y sólo ocurren una vez, entre el 99 y el 101.

 
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